
Parece fácil, parece que lo es, pero no es fácil sentarse y crear algo copado para este blog, si es que uno lo quiere hacer enserio. Asíque, otra vez, copio y pego.
En esta ocasión voy a mostrarles un mail, que me mando un compañero de antropología, que trata sobre una nota periodística, echa por dos Argentinos, que se fueron de viaje a Cuba. A mi me pareció de lo mas interesante, y por eso quiero compartirlo con los lectores de este blog. Tiene una visión, que quizás, yo no conocia y muchos no los conocen y es bueno tenerlo en cuenta, por todas las mierdas que se hablan de la isla.
Algún dia pondre algo corto.
Aqui les va:
Como resumen del viaje (créanme, ¡es un resumen!) mando estas líneas que escribimos con Maxi y que saldrían publicadas en Juventud Rebelde, uno de los dos periódicos con más tirada de Cuba. Como noticia bonus: ese diario y la editorial Abril cubana nos garantizaron la publicación del libro que planeábamos escribir en Bolivia.
Todo este balance es previo al último día, o sea, que fue aún sin saber que para el cierre, el último día en La Habana (último de este primer viaje), nos esperaba esa marcha de 1.400.000 personas desfilando por el Malecón y repudiando la libertad de Posada Carriles junto a las últimas medidas de hostigamiento de Estados Unidos (¿Cuál es la no-legitimidad de un régimen que convoca 1.400.000 personas en una marcha sin ningún policía armado?), con Fidel a la cabeza, y con decenas de miles de Estudiantes repitiendo al unísono: "Si de la sangre de un estudiante, depende nuestra soberanía, Comandante en Jefe ordene, puede contar con la mía".
Todo el tiempo se invita a estudiar. Y si no, trabajo social. Y después otra invitación a estudiar. Y así tengas la edad que tengas, tengas las piernas que tengas, tengas la plata que tengas. Se vive una vehemencia por educar e integrar casi similar a la necesidad de exclusión que tiene nuestro sistema.
Para que este modelo sea perpetuo es necesario que la gente no estudie, no piense y no esté informada. Para mantener la llama de la revolución es necesario que la gente estudie, piense y esté informada. Por eso, nosotros tenemos la televisión que tenemos, y ellos tienen la televisión que tienen.
Como crítica quedarán varias, como la no libertad de expresión, a mi entender innecesaria, porque si bien es vital para la continuidad del neoliberalismo, no la creo vital en un socialismo sustentado por un pueblo que tan claras tiene sus bases. Hay cuestiones para criticar, pero muchas son modificables en el corto plazo. Y las que no, son económicas.
Para las causas, buscar “Bloqueo”. Y para entender los viajes frustrados de tantos cubanos, también buscar “Bloqueo”. ¿Sabrán todos esos que creen que Fidel tiene presos a los cubanos que, hasta la era Kirchner, un cubano necesitaba para venir a la Argentina una visa otorgada por la oficina de intereses de EEUU? ¿Y sabrán que el haber militado un solo año en el PC era argumento suficiente para denegar esos pedidos de Visa? ¿Sabrán que los médicos firman un contrato de compromiso para servir a la revolución donde la revolución los necesite a cambio de estudiar toda la carrera gratis, pero gratis de verdad? ¿Sabrán que matar a una vaca implica 20 años de prisión, porque la poca carne de res que hay es para los niños en las escuelas, que además comen con las libretas alimentarias que tienen sus padres, empleados siempre? ¿Sabrán que en el interior hay 2.300 escuelas con energía solar, y que 300 funcionan sólo para un alumno? ¿Sabrán que en Santiago de Cuba la gente se reúne en las calles todas las noches con las puertas abiertas? ¿Sabrán que los más críticos de Fidel critican varias de sus medidas –por suerte-, pero no su condición moral? ¿Sabrán cuántos jóvenes cubanos afirman que tomarían un fusil sin dudar un segundo para defender a su país? ¿Sabrán cuántos cubanos soportaron no comer, o comer cáscara de frutas durante el período especial posterior a la caída de la URSS en pos de no resignar lo que siempre defendieron? ¿Qué les hará pensar que algún día dejarían de defenderlo?
Algunos al pisar La Habana, mirarán sus casas y sus autos, y creerán que hay un país que está cincuenta años atrasado. Yo prefiero decir que hay un país, con 50 años menos de contaminación importada, que supo mantener al ser humano en el centro de la historia, ese lugar de privilegio que a nosotros, aquí, nos robó el capital.
Acerca de su democracia, tanto más democrática que la nuestra, podemos hablar horas y horas, y de los CDR (comité de defensa de la Revolución) que representan a los vecinos de cada cuadra, para organizar desde quién barre la vereda el domingo hasta cómo se organiza una expedición de trabajo voluntario. Tienen un presidente, que a la vez los representa a nivel municipal, y estos a nivel provincial, y estos a nivel Nacional… Sí, cada cuatro años votan a las personas que los representen y, curiosamente, esas personas son de su total conocimiento. Suena un poco más lógico que las listas sábanas, ¿no? El cargo de Fidel es simbólico, simplemente “es líder”, y su cargo formal intocable es dentro del PC cubano, donde obviamente permanecerá hasta el último de sus días, porque dentro del partido sólo votan los afiliados, ¿y qué afiliado al PC no va a votar a Fidel?
En fin, como apostillas, agrego que entrenamos con un equipo de Primera, dimos la charla técnica de Santiago de Cuba antes de la final del torneo nacional; estuvimos en el salón protocolar con la Directora del Mausoleo del Che, que nos ofreció colaborar con la organización de un encuentro latinoamericano para el 2007 –por los 40 años-; y estuvimos en una playa paradisíaca de Sierra Maestra, donde nos comimos un pescado de siete kilos que acababa de cazar un tipo con un rifle y un arpón, a metros de donde estábamos nadando. Ah, y el tipo que nos llevó hasta ahí es el entrenador de la selección cubana…. (¿ustedes se imaginan a Pekerman paseando turistas por Punta Mogotes?).
Son detalles de un mes viviendo cada día entre gente que nos hizo sentir de su familia.
Mi viaje no empezó el mes pasado, ni terminó este mes. Nada descubrí ahí que no creyera acá. Pero hoy estoy mucho más convencido de todo lo que creía estar convencido.
(me extendí en el prólogo, acá va la nota).
Beso grande para todos, los quiero.
"GRACIAS, CHE"
Hace una vida, un año, un mes, soñábamos en cubano, en pisar algún día esa tierra americana que tiene nombre propio, música propia, historia propia, cultura propia, héroes propios, moneda propia, amor propio. Soñábamos con estar aquí, para ver qué pasó con aquella semilla que plantó nuestro Che, su Che. Para ver cómo es el árbol de raíces solidarias que todavía riega su Fidel, nuestro Fidel.
La ansiedad de llegar hasta dónde siempre deseamos llegar, no nos dejaba dormir. El miedo, tampoco. Miedo, sí, temor de chocar con una realidad que desencantara toda esa historia que sólo conocíamos mediante libros, toda esta idílica visión de la vida socialista, todo ese increíble triunfo de la revolución por la dignidad y la resistencia eterna a la explotación del hombre por el hombre. Temor, de que ellos tuvieran razón. Y ahora, a minutos de irnos, ya no tenemos dudas. Nadie podrá bajar el tono de nuestras ideas, nuestras convicciones, porque de aquí nos llevamos la experiencia, nuestra experiencia en Cuba. De eso, queremos escribir.
Salud y educación, remiten a esta isla desde cualquier latitud del mundo, como dos palabras sagradas e inseparables, como patria o muerte. Y queríamos encontrarnos con ellas, cara a cara. Nunca terminaría esta nota si detalláramos cada vivencia, pero intentaremos resumirlo...
Ya habiendo visitado una escuela en La Habana Vieja y otra en Vedado, nos fregamos los ojos para ratificar que hubiera un TV y ventilador en cada aula, no más de 20 niños por grado, alimentación balanceada en los comedores y una admirable educación de calidad, gratuita, pero gratuita de verdad, algo todavía utópico en nuestro país. Quizá posible en alguna escuela de Buenos Aires, pero no en todo nuestro país.
Nos faltaba conocer una escuela del interior cubano, y allí, tras la gran piedra de Santiago de Cuba, arribamos a un pueblo de 30 habitantes. Sólo una niña tenía edad de escuela primaria. Y para ella, sólo para ella, encontramos una escuela, con TV, con ventilador, con computadora y con una maestra que todos los días viaja desde otro poblado para darle clases. Nos miramos, nos reímos.
En la escuela Mariano Acosta, una centenaria institución de la Capital Federal de Buenos Aires (donde estudió el inmortal escritor Julio Cortázar), los niños de Primaria tomaron las instalaciones el año último en una huelga a la que también se adhirieron los maestros y los padres. No para pedir TV y ventilador en las aulas, ni ya para gritar la estéril súplica de sueldos dignos para los docentes, sino para reclamar el acondicionamiento del edificio, porque se caían pedazos de techo.
Y un día aparecimos en San Agustín, bailando Haila con una familia que no conocíamos dos horas antes, pero que ahora parecía la nuestra, lo era. Y bailamos, tomamos ron, y llegó el hijo de Ramón, que combatió en Sierra Maestra, en Girón y en Angola, “y volvería a coger un fusil por Cuba”. Tiene en la espalda una gran cicatriz. No es una herida de guerra, es una operación que, según le informaron, “cuesta 20 mil dólares en Estados Unidos”. No pagó nada por eso en Cuba.
Y una noche aparecimos en Vedado, caminando junto a dos mujeres que llevaban un bebé al hospital, cerca de la medianoche. Fuimos con ellas. Veinte minutos después, estábamos nuevamente en la calle, con diagnóstico y medicación. Nos volvimos a mirar, nos volvimos a reír.
Familiares nuestros son médicos en la Argentina, donde combaten a diario con las limitaciones inhumanas de los hospitales públicos y la sobrecarga horaria de trabajo que los obligan a realizar guardias de hasta 72 horas, cuando está probado (sin demasiado cientificismo) que en cualquier actividad una persona rinde peor sin horas de sueño. En este caso, se trata de médicos, de personas que trabajan dando, cuidando y salvando vidas. No descubrimos nosotros la salud y la educación en Cuba. Pero la vivimos. Y fue hermoso.
No teníamos ni siquiera un conocido directo en este país, ni uno. Hoy, tenemos una abuela Oralia cerca de la Plaza de la Revolución, un tío Jesús cerca del Parque Céspedes, muchos compañeros de fútbol en Santiago de Cuba, una amiga Veneranda en Santa Clara, y una infinidad de personas a las que vamos a extrañar inmensamente cuando estemos otra vez lejos de aquí.
Muchos de estos nuevos hermanos, son hermanos de nuestra edad, veintipico, treintipico, y con ellos compartimos, entre mates y mojitos, horas y horas de debate. La juventud, sólo por serlo, siempre levantará sus banderas ante las incoherencias o carencias del régimen que la gobierna, y como tan necesaria creemos la mirada crítica, también consideramos fundamental la persistencia generacional de semejante valoración por los logros de la revolución.
No es tan fácil apreciar la justicia social, o valores impagables como los garantizados aquí por el estado, si una persona ha convivido desde siempre con esos derechos, humanos por cierto. En ellos, los jóvenes que no vivieron la sangrienta tiranía de Batista, vive el desafío de generar ideas sin dejar de valorar sus dos piernas, la salud y la educación, aunque siempre las hayan tenido. Porque allá, de donde nosotros venimos, no todos las tienen.
No es fácil de apreciar la hermandad de una sociedad ajena a la selva del capitalismo, cuando la hostilidad vecina y las cámaras digitales de los turistas que visitan Cuba se proponen importar una mentirosa postal de ese mundo que crece vorazmente en carros, luces y lujos, a costo del hambre, la opresión y otros tantos turistas que nunca llegarán a Cuba, porque ni de casualidad podrían viajar. Porque ni de casualidad, pueden comer.
En estos jóvenes cubanos que conocimos, y en los que no conocimos, confiamos nosotros para seguir luchando desde otro lugar. No es fácil aceptar que uno no tiene ni tendrá todo lo que quiere. Pero de qué serviría, si tu hermano no tuviera siquiera lo que necesita. No hay ni un país de América Latina que pueda sentirse cómodo con su economía, producto del histórico saqueo que sufrimos, pero ante tales carencias, nosotros encontramos el verdadero triunfo de la revolución cubana en la cotidianeidad de cada familia que visitamos.
La diferencia entre un cubano que se queda sin azúcar y un “capitalizado” que se queda sin azúcar, es que el cubano se la puede pedir a su vecino. Grabamos una imagen en la memoria: vemos un bicitaxi llevando a dos turistas, pedantes, emanan soberbia. Nos miramos, duele. Y vemos llegar otro bicitaxi, sin pasajeros. Se acerca, demasiado, ¿Lo choca? No, lo toma desde un caño trasero, y empieza a empujar con sus pedales, para ayudarlo. Nos miramos, nos reímos. Ese es, al menos desde el humilde entender de esta dupla de argentinos, el máximo orgullo que puede sentir un pueblo, el más alto escalón al que puede ascender la raza humana. Para subir hasta allí, hemos visto, no hace falta un carro moderno. Se puede subir manejando un bicitaxi.
Y nos llevamos libros, muchos, y muchos de él, de ese Che que simboliza la lucha de tantos Camilos, de tantas Tanias, de tantos cubanos y de tantos latinoamericanos que dieron y dan su vida por un mundo más justo. Porque aquí sí, aquí sí tiene Ernesto Guevara el lugar que se merece. Aquí sí, tiene mil y un monumentos, mil y un homenajes. En nuestro país, esa Argentina que amamos y soñamos ver pronto mucho más argentina, el Che está siempre, en cada bandera que se levanta en cualquier manifestación social, en cualquier grito de justicia, entre los obreros, los empleados de fábricas recuperadas, las Madres de Plaza de Mayo, los docentes, los estudiantes, los hinchas de fútbol, los jubilados, los trabajadores, el pueblo. Pero apenas tenemos una escuelita que se llama Ernesto Che Guevara. Y no tenemos ni una calle con su nombre. Y no tenemos ni un monumento con la entrañable transparencia de su querida presencia. Porque a nivel gubernamental todavía no se ha legitimado su lucha. Nosotros prometemos pelear por eso hasta conseguirlo. Aunque todavía haya muchos que le siguen teniendo miedo.
Gracias por hacernos de su familia, gracias por vencer al período especial, gracias por seguir creyendo, gracias por la Revolución y gracias por ser tan pero tan cubanos.
Hasta pronto, hasta siempre.
Nacho Levy y Maxi Goldschmidt,
dos jóvenes argentinos, argentino-cubanos.